domingo, 4 de enero de 2009

¡Yo voy a llegar por tierra a Buentos Aires!


Bajando el Fiat de Don David Della Chiesa

CÓMO LA VISIÓN DE UN PIONERO CAMBIÓ LA HISTORIA

Mucho se habla hoy del espíritu de lucha que caracteriza a los gualeguaychenses. No hay que olvidar que esa condición nos viene de lejos y nuestra patria chica registra valiosos antecedentes del empeño de nuestros abuelos. Hoy les contamos la increíble historia de Don David Della Chiesa a quien, un día de 1928, se le antojó llegar por tierra a Buenos Aires.


Fue uno de los tantos italianos que llegó a estas tierras en procura de trabajo y libertad. Con apenas 5 año, allá por 1880. Pero no era un inmigrante más: a los veinte años ya había construido una lancha para pasajeros en los talleres metalúrgicos Boggiano -donde trabajaba- y le puso por nombre "La Primera".

En 1905 compra - en sociedad con sus hermanos Donato y Domingo- el Hotel Comercio, que en su trayectoria casi centenaria llegó a ser uno de los más prestigiosos de la Provincia. Luego incursionó en las tareas agropecuarias, arrendando y colonizando campos en Urdinarrain, Villa Lila , Pehuajó, y al sur del departamento. En esa tarea fue un pionero: introdujo en esta zona el cultivo del arroz, trajo la primera cosechadora mecánica y ensayó plantaciones experimentales de yute, algodón y azafrán. También fue un adelantado, al introducir en esta ciudad el primer automóvil; era uno de ruedas duras, comprado en la tradicional casa Agar Cross de Bs. Aires. Seguramente que al conducir su auto, ya pensaba en las rutas que aquel invento iba a generar al expandirse.

Integrado plenamente a la vida comunitaria, participó en múltiples entidades locales y zonales: Sociedad Rural Gualeguaychú, Comisión Provincial de Turismo; de Canalización del Río Gualeguaychú, Comisión de Puentes y Caminos y Junta de Ayuda a los Pobres.

En 1926 viajó por su tierra natal -era lombardo- y otros países europeos; regresó impresionado por las carreteras que había visto y ya soñaba con hacerlas acá.
Como no era hombre de quedarse meditando, fundó en 1928 un consorcio de vecinos con el que se lanza a la construcción de la ruta a Médanos. Tenían un camioncito Ford "A" que ostentaba el letrero Gualeguaychú- Médanos. Pero su proyecto iba mucho mas allá; sólo que se lo reservaba para que no pensaran que estaba loco. De modo que cuando el camino llegó al punto final (eso creían) les anunció muy convencido a sus consocios (Elías Martinolich, José Riera, Juan Goldaracena, Eduardo Berisso y otros) que ahí la cosa no terminaba, sino que en realidad era un comienzo. Sin mediar palabra, bajó tranquilamente el cartel del camión y en su lugar, colgó con gran convicción y ante el estupor de todos, otro que decía: Gualeguaychú-Buenos Aires(¡). Algunos se miraban desconcertados; otros llegaron a dudar efectivamente de su equilibrio mental. Pero sabían que cuando Don David se metía en algo grande no era de "andar reculando" y por las dudas, terminaron sumándose a la aventura.

No fue fácil; por delante sólo se veía monte tupido, bañados y pajonales de una zona a la que Fray Mocho por algo había bautizado "el país de los matreros". La obra se inició, allá por 1929. Contaban con los fondos aportados por los vecinos, más la ayuda del Gobierno Provincial de Don Luis Etchevehere y también con el aporte del Gobierno Nacional que presidía Hipólito Irigoyen.

Sólo aquel puñado de hombres supo lo intenso de la lucha por vencer a la naturaleza indómita, que les oponía todo tipo de resistencia: terraplenes que se derruían y había que volver a levantar, puentes precarios que se llevaba la fuerte corriente de los arroyos Sagastume, Perico y Malambo; inesperados repuntes que atrasaban los trabajos. Pero a fuerza de machetazos y al golpe de las hachas, se iba abriendo trabajosamente la ruta hacia el sur. Don David avanzaba por la brecha en un zulky de ruedas muy altas con sus hombres de consulta, como el Sr. Negrette, viejo conocedor de la zona que le proporcionaba las orientaciones y el geógrafo Wibert que iba confeccionando los planos

Mas atrás, venían haciendo su trabajo máquinas motoniveladoras que muchos lugareños nunca habían visto antes. Fueron cinco años de lucha titánica con las fuerzas de la naturaleza, hasta que un día de 1933 cayeron los últimos gajos, para permitirle a Don David contemplar desde la costa el majestuoso Paraná Guazú.

En poco tiempo los trabajos complementarios le permitieron cumplir la promesa con que había desafiado al nuevo Presidente de la Nación: llegar a la Plaza de Mayo en su auto. Y llegó finalmente el 12 de Junio de 1933, fecha en que Don David emprendió la travesía. En la zona de Puerto Ninfas (luego Pto. Constanza) lo esperaba Don Lázaro Giusto con su lancha ya lista para cargar el pesado Fiat, sujetado fuertemente en la cubierta.

Así cruzaron hasta Zárate donde amarraron frente al viejo edificio de la Aduana. El auto fue atado con lingas y luego elevado con un guinche que lo depositó en sus escalinatas para terminar de ser subido. Con la seguridad de la meta cercana, Don David se puso en marcha nuevamente y recién se detuvo cuando llegó a la Plaza de Mayo. Se bajó con la displicencia de cualquier porteño que estaciona su automóvil. Pero él no era un porteño: era un entrerriano que había iniciado su viaje ¡en Gualeguaychú! y que al pisar la Casa Rosada pudo haber dicho como su poderoso ancestro: VENI, VIDI, VICI.

Fue recibido con todos los honores y con justa admiración por el entonces Presidente de la Nación Gral. Agustín P. Justo acompañado de los miembros de su gabinete. Ahora le tocaba a Justo cumplir la apuesta: en poco tiempo las máquinas del Ministerio Obras Públicas de la Nación completaban la obra y después la gestión del Diputado Juan Francisco Morrogh Bernard, daba concreción al nuevo servicio de balsas.

La culminación de la ruta y el viaje inaugural de Don David tuvieron amplia repercusión en los medios locales, provinciales y capitalinos. La finalización llegó con celeridad y para 1936 ya se viajaba a Buenos Aires por la nueva ruta, con lo que la duración del viaje se reducía a una cuarta parte de lo que hasta entonces insumía el trayecto por agua.

Las consecuencias se notaron casi de inmediato; a comienzos de la década siguiente una parte sensible de la producción zonal era trasladada a Buenos Aires por la nueva vía. Los primeros transportadores de pasajeros: Alfredo Castro, Ulises Luciano, Pablo Bendrich y Herman Fandrich, no sólo acercaron las distancias para nuestros copoblanos; muchos viajantes empezaban a incluirnos en sus trayectos y así nuevos hoteles empezaban a competir con el viejo y señorial Comercio. Prestigiosas embajadas artísticas llegaban a Gualeguaychú, y así, entre otros músicos de renombre, se recuerda a Nicolás Trimani y Pedrito Noda, que le dejaron a la ciudad un tributo de gratitud con el hermoso vals que lleva su nombre.

Luego vino el ripio, el puente de hierro del Paranacito, la rectificación del trayecto por puerto Brazo Largo y finalmente los grandes puentes inaugurados en 1977.

Seguramente que todo esto ya daba vueltas en los sueños juveniles de Don David, que se fue este mundo en 1944.

Los miles de pasajeros que viajan a diario no saben de él, ni desde cuando se abrió la ruta. Pero los Gualeguaychuenses lo recordaremos siempre, como aquel hombre visionario y luchador, que no descansó hasta culminar la obra que nos cambió la historia.

Sería bueno que las generaciones actuales lo recuerden siempre y cada vez que algún foráneo se admire de nuestro espíritu indómito y voluntad de lucha, les transmitan la página gloriosa que escribiera aquel heroico inmigrante.



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